Anatomía de la erección: cómo funcionan los cuerpos cavernosos, la túnica albugínea y el endotelio

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Si preguntáramos a cien hombres cómo funciona una erección, la mayoría respondería algo parecido a «se llena de sangre». No es una mala respuesta, pero se parece a decir que un coche se mueve porque «le llega gasolina». Es cierto y, a la vez, deja fuera casi todo lo interesante: quién abre la llave, cómo se contiene la presión, por qué el sistema se cierra en el momento justo y qué ocurre cuando alguna pieza de esa maquinaria empieza a fallar.

La erección es, en el fondo, un fenómeno hidráulico. Hay un fluido (la sangre), unas tuberías (las arterias y las venas), un depósito con paredes elásticas (los cuerpos cavernosos), una carcasa que soporta la presión (la túnica albugínea) y un sistema de válvulas y sensores que decide cuándo abrir y cuándo cerrar (el músculo liso y el endotelio). Todo ello está gobernado por el sistema nervioso y modulado por las hormonas. Cuando las piezas encajan, el proceso es tan silencioso y tan rápido que nadie repara en él. Cuando no encajan, aparece un problema que afecta a millones de hombres y del que, curiosamente, se habla muy poco con rigor.

En este artículo vamos a desmontar el mecanismo pieza por pieza, con lenguaje llano pero sin renunciar a la precisión. Verás por qué el pene no necesita ningún hueso ni ningún músculo «endurecedor», por qué la membrana que rodea los cuerpos cavernosos es una de las estructuras de colágeno más notables del cuerpo, y por qué una capa de células de un solo grosor, el endotelio, tiene tanto que decir sobre tu vida sexual y sobre tu salud cardiovascular.

Un órgano que no se parece a ningún otro

Conviene empezar por una idea que desmonta muchos mitos: el pene humano no contiene hueso, a diferencia del de muchos otros mamíferos, y tampoco tiene un músculo que se contraiga para ponerse rígido. Lo que le da consistencia es la presión de la sangre retenida en el interior de unos compartimentos concretos. Dicho de otro modo, un pene en erección es un tejido esponjoso presurizado, más cercano a un neumático inflado que a un bíceps contraído.

Por dentro, el pene está formado por tres columnas de tejido eréctil que corren a lo largo de todo el órgano. Dos de ellas, situadas en la parte superior y a los lados, son los cuerpos cavernosos. La tercera, situada en la parte inferior, es el cuerpo esponjoso, que rodea a la uretra, el conducto por el que circula la orina y el semen, y que en su extremo se ensancha para formar el glande. Los cuerpos cavernosos son los grandes protagonistas de la rigidez; el cuerpo esponjoso, en cambio, es más blando a propósito, porque su misión es mantener la uretra abierta durante la eyaculación. Si también se pusiera duro como los cavernosos, la uretra se comprimiría y el semen no podría salir.

Los cuerpos cavernosos no se limitan a la parte visible. Cada uno de ellos se prolonga hacia el interior del cuerpo, por debajo de la piel del periné, en unas raíces llamadas pilares, que se anclan a las ramas del hueso isquion. Esta parte oculta, que suele pasar desapercibida en los dibujos simplificados, es la base sobre la que se apoya todo el sistema y, como veremos, la que interviene en la fase de máxima rigidez.

Los cuerpos cavernosos: una esponja con vocación de depósito

Si pudiéramos cortar un cuerpo cavernoso y mirarlo al microscopio, veríamos algo que recuerda a una esponja de baño: una red de pequeños espacios huecos separados por tabiques finos. Esos espacios se llaman sinusoides cavernosos, o lagunas, y son los verdaderos depósitos de sangre. Los tabiques que los separan, las trabéculas, están formados por fibras de colágeno y elastina entre las que se reparte una gran cantidad de células de músculo liso. Y toda la superficie interior de cada sinusoide está tapizada por endotelio, la misma capa de células que reviste el interior de los vasos sanguíneos.

Esta arquitectura tiene una lógica preciosa. En reposo, el músculo liso de las trabéculas y de las arterias que alimentan el tejido se mantiene contraído de forma sostenida, en lo que los fisiólogos llaman tono simpático. Con las trabéculas contraídas, los sinusoides son pequeños, casi colapsados, y solo reciben un hilo de sangre suficiente para nutrir el tejido. Esa es la situación habitual del pene flácido: un órgano en «modo de mantenimiento», con poca sangre y con las llaves cerradas.

Durante la erección ocurre lo contrario. El músculo liso se relaja de manera coordinada, las trabéculas se aflojan, los sinusoides se dilatan y la sangre entra en abundancia. Es la relajación del músculo liso, y no una contracción, la que abre la puerta. Ese detalle es fundamental y explica por qué tantos problemas eréctiles tienen que ver con la capacidad de las células de relajarse a tiempo y no con la «fuerza» del órgano. Un pene que no se erecciona bien suele ser un pene cuyo músculo liso no obedece la orden de soltarse, o cuyo endotelio no fabrica las señales químicas necesarias para darla.

La proporción entre músculo liso y colágeno dentro de las trabéculas también importa. Un tejido cavernoso sano tiene una buena cantidad de músculo liso y un colágeno flexible. Con los años, con la diabetes, con el tabaquismo o con una circulación deficiente, parte de ese músculo liso puede sustituirse por fibras de colágeno más rígidas, un proceso llamado fibrosis. Un sinusoide fibrosado es como un globo cuya goma se ha vuelto quebradiza: aunque llegue sangre, se estira mal y no consigue expandirse lo suficiente como para comprimir las venas de salida.

Las arterias: cómo llega el caudal

Para entender la entrada de sangre hay que seguir el recorrido desde arriba. La irrigación del pene depende sobre todo de la arteria pudenda interna, una rama de las arterias ilíacas internas que discurre por la pelvis. De ella nace la arteria peneana común, que se divide en tres ramas principales: la arteria dorsal, que corre por la parte superior y alimenta el glande y la piel; la arteria bulbouretral, que abastece al cuerpo esponjoso; y la arteria cavernosa, también llamada profunda, que penetra en el centro de cada cuerpo cavernoso y es la responsable directa del llenado.

Desde la arteria cavernosa salen ramas mucho más finas, las arterias helicinas, llamadas así porque se disponen en espiral, y son las que desembocan directamente en los sinusoides. En reposo, las arterias helicinas están retorcidas y contraídas, con la luz casi cerrada. Cuando llega la señal de erección, se enderezan y se dilatan, como una manguera que se desenrolla y se abre del todo. El flujo sanguíneo por la arteria cavernosa puede multiplicarse varias decenas de veces respecto al estado de reposo en cuestión de segundos, y esa avalancha es la que llena los depósitos.

Un dato que ayuda a comprender por qué la erección es un termómetro tan sensible de la salud vascular: estas arterias son diminutas. Las arterias del pene miden apenas uno o dos milímetros de diámetro, frente a los tres o cuatro de las arterias coronarias. Cuando una placa de ateroma comienza a estrechar los vasos del organismo, un mismo grado de obstrucción tiene un efecto mucho más rápido en una arteria de un milímetro que en una de cuatro. Volveremos sobre esto, porque tiene consecuencias clínicas importantes.

Las venas y el mecanismo veno-oclusivo: el truco que cierra la salida

Llenar el depósito es solo la mitad del trabajo. Si la sangre entrara y saliera con la misma facilidad, el pene nunca alcanzaría la presión necesaria para ponerse rígido; sería como intentar inflar una rueda con un pinchazo. Por eso existe el mecanismo veno-oclusivo, una de las soluciones de ingeniería más elegantes del organismo.

Las venas que drenan los cuerpos cavernosos, llamadas venas emisarias, no salen directamente hacia fuera, sino que atraviesan primero la pared de la túnica albugínea siguiendo un trayecto oblicuo, como quien cruza un muro en diagonal. Además, esas venas discurren entre la capa interna y la capa externa de la túnica, en un espacio estrecho llamado plexo subalbugíneo. A medida que los sinusoides se llenan y se expanden, aplastan estas venitas contra la cara interior de la túnica albugínea, que actúa como un yunque rígido. El resultado es que las venas se comprimen y se cierran casi por completo, y la sangre queda atrapada dentro del compartimento.

Es un sistema de cierre pasivo y automático: cuanto más se llena el tejido, más se comprime la salida. No hace falta que ninguna orden nerviosa adicional cierre las venas; lo hace la propia expansión del tejido. Ese es el motivo por el que la rigidez puede sostenerse durante largo rato sin un gasto energético enorme. Y también el motivo por el que, cuando la túnica es demasiado laxa, o cuando las trabéculas no se expanden bien, la salida no se sella del todo y aparece lo que los urólogos llaman fuga venosa: el hombre consigue una erección inicial que se pierde antes de tiempo, porque la sangre se escapa con la misma velocidad con la que entra.

La túnica albugínea: la carcasa que aguanta la presión

Rodeando cada cuerpo cavernoso hay una vaina blanca, resistente y nacarada: la túnica albugínea. El nombre viene del latín albus, blanco, y de hecho su aspecto es el de una lámina de tejido tendinoso, brillante y compacta. Es una de las estructuras de colágeno más llamativas del cuerpo humano, porque debe hacer dos cosas aparentemente contradictorias: ser lo bastante flexible como para permitir que el órgano crezca en longitud y grosor, y lo bastante rígida como para contener una presión enorme sin romperse.

La solución que ha encontrado la anatomía se llama estructura bilaminar. La túnica está formada por dos capas de fibras de colágeno orientadas de manera diferente. La capa interna tiene las fibras dispuestas en círculo alrededor del cuerpo cavernoso, como los aros de un barril; la capa externa, en cambio, tiene las fibras orientadas a lo largo, de la base a la punta, como las cuerdas que refuerzan un mástil. Entre las dos capas hay además una red de fibras de elastina que le da elasticidad. El conjunto se parece a una manguera reforzada con doble trenzado: los aros circulares resisten la presión hacia afuera y las fibras longitudinales resisten el estiramiento.

Lo más asombroso de esta membrana es su comportamiento con el llenado. En estado flácido, la túnica tiene un grosor de unos dos o tres milímetros, con las fibras de colágeno onduladas y plegadas, como un muelle encogido. A medida que el cuerpo cavernoso se llena, las fibras se estiran y se alinean, y el grosor de la túnica puede reducirse a un cuarto o medio milímetro. Es decir, una lámina fina como un papel de cartulina es capaz de contener presiones de cien milímetros de mercurio o más en el interior del compartimento. Su elasticidad tiene un límite, y ahí reside su vulnerabilidad.

Ese límite se pone a prueba en la llamada fractura de pene, una urgencia urológica que ocurre cuando, con el órgano erecto, un golpe brusco o un movimiento en falso dobla el pene y la túnica se rompe. Se produce un chasquido característico, un dolor intenso y un gran hematoma en la piel. Es un cuadro que requiere atención quirúrgica inmediata. Lo ilustra bien: en erección, la túnica está tensada al máximo, y los mismos aros que aguantan la presión son los que ceden bajo un impacto lateral.

La túnica también puede enfermar de otra manera, más lenta y más frecuente. En la enfermedad de La Peyronie, una cicatrización anómala forma placas de tejido fibroso en la túnica albugínea. Esas placas no se estiran como el resto de la membrana, y por eso, durante la erección, el pene se curva hacia el lado de la placa. Se cree que su origen está en microtraumatismos repetidos que la túnica no repara de forma adecuada, y aunque no es peligrosa, puede causar dolor, curvatura y dificultad para las relaciones. Sirve para entender que la túnica no es una simple cubierta pasiva, sino un tejido vivo con su propia biología y su propia forma de enfermar.

El endotelio: la capa de células que da las órdenes

Hasta aquí hemos descrito la estructura: los depósitos, las tuberías, la carcasa. Falta el sistema de control, y ahí entra en escena el endotelio, la capa de células planas que reviste el interior de todos los vasos sanguíneos y, en este caso, también las paredes de los sinusoides. Durante décadas se pensó que el endotelio era un simple papel pintado, una superficie lisa para que la sangre resbalara. Hoy sabemos que es un órgano en sí mismo, uno de los más grandes del cuerpo si sumáramos todas sus células, y un auténtico laboratorio químico que fabrica sustancias capaces de abrir o cerrar los vasos.

En el pene, la molécula estrella se llama óxido nítrico. Es un gas muy pequeño, de vida brevísima (dura segundos), que las células fabrican a partir de un aminoácido, la arginina, gracias a una enzima llamada óxido nítrico sintasa. Existen varias versiones de esta enzima: una se encuentra en las terminaciones nerviosas del pene y es la que inicia la erección; otra, la endotelial, se activa en las células del endotelio y mantiene y refuerza la respuesta a medida que aumenta el flujo de sangre.

Cuando el óxido nítrico se libera, atraviesa la membrana de las células vecinas de músculo liso y activa allí otra enzima, la guanilato ciclasa, que produce una molécula mensajera llamada GMP cíclico. Es el GMP cíclico el que, a través de una cascada de señales internas, reduce la cantidad de calcio disponible dentro de la célula muscular. Sin calcio, las fibras contráctiles no pueden mantener la tensión, y el músculo liso se relaja. La cadena completa, del nervio al óxido nítrico, del óxido nítrico al GMP cíclico y de este a la relajación, es la vía principal de la erección y una de las más estudiadas de toda la fisiología humana.

Como todo buen sistema de control, esta vía tiene su freno. Una enzima llamada fosfodiesterasa tipo 5, abreviada PDE5, se encarga de degradar el GMP cíclico y de apagar la señal. Mientras el estímulo sigue activo y se produce óxido nítrico, el GMP cíclico se fabrica más deprisa de lo que la PDE5 lo destruye y la erección se mantiene. Cuando el estímulo cesa, el equilibrio se invierte, el GMP cíclico desciende y el músculo liso vuelve a contraerse. Esta es la diana de los fármacos para la disfunción eréctil más conocidos, como el sildenafilo o el tadalafilo, que inhiben la PDE5 y prolongan la vida del mensajero. Es importante entender que no «provocan» la erección: solo amplifican la señal que el organismo ya ha producido, y por eso necesitan estimulación para funcionar.

El endotelio no solo fabrica sustancias relajantes. También produce otras que estrechan los vasos, como la endotelina, y mantiene un equilibrio delicado entre unas y otras. Además, en el interior de las células musculares existe otra vía de contracción, la de la enzima Rho-quinasa, que actúa como un candado que mantiene el músculo cerrado incluso en presencia de calcio. Durante la erección, esa vía debe silenciarse; durante la detumescencia, debe reactivarse. Buena parte de la investigación actual sobre nuevos tratamientos se centra precisamente en esta segunda vía, la del candado.

La secuencia completa: del pensamiento a la rigidez

Con las piezas ya presentadas, podemos reconstruir cómo se desarrolla una erección, paso a paso, aunque en la realidad todo sucede de forma casi simultánea y superpuesta.

Todo empieza en el cerebro o en la piel. Una erección puede nacer de un estímulo psicógeno, como un pensamiento, una imagen, un recuerdo o un olor, o de un estímulo reflejo, como el contacto directo sobre los genitales. En el primer caso, las señales proceden de áreas del cerebro relacionadas con la motivación y la emoción, como el hipotálamo y, en particular, su área preóptica medial, y descienden por la médula espinal. En el segundo, el estímulo viaja desde los receptores de la piel por el nervio pudendo hasta la médula sacra y vuelve por un arco reflejo. Lo habitual es que ambos mecanismos se sumen: una persona con una lesión medular alta puede conservar erecciones reflejas, mientras que otra puede tener buen deseo pero un reflejo dañado por una neuropatía.

La orden llega al pene a través de los nervios cavernosos, que forman parte del sistema parasimpático y nacen en la zona sacra de la médula, entre los niveles S2 y S4. Estos nervios discurren muy pegados a la próstata, y esa vecindad es la razón por la que la cirugía radical de próstata puede comprometer la función eréctil si no se logra preservarlos. En sus terminaciones liberan óxido nítrico y otros mensajeros que relajan el músculo liso de las arterias helicinas y de las trabéculas.

A partir de ahí, se desencadena la fase hidráulica. Las arterias se dilatan, el flujo se dispara, los sinusoides se expanden y empujan las venas contra la túnica albugínea, que las aplasta. La presión dentro de los cuerpos cavernosos sube en pocos segundos de valores cercanos a cero hasta los alrededor de cien milímetros de mercurio, que es aproximadamente la presión arterial sistólica normal. En este momento el pene crece y se pone firme, pero todavía no está completamente rígido: ha alcanzado lo que se conoce como fase de tumescencia completa.

La rigidez máxima requiere un empujón adicional. Ahí intervienen los músculos isquiocavernosos y bulbocavernosos, dos pequeños músculos del suelo pélvico que cubren las raíces de los cuerpos cavernosos y se contraen de forma refleja durante la excitación intensa. Al apretar esas raíces, comprimen el compartimento y elevan la presión interna por encima de la presión arterial, a veces hasta cientos de milímetros de mercurio. Es lo que los fisiólogos llaman fase de rigidez, y en ella el pene se comporta casi como una estructura sólida. Durante esta fase, el flujo arterial disminuye de nuevo, porque ya no hace falta más sangre: el depósito está lleno y sellado. Esa es la razón por la que el suelo pélvico tiene un papel funcional real en la calidad de la erección.

El apagado: por qué la erección se acaba

Una erección que no se pudiera apagar sería un problema tan grave como una que no se encendiera. La detumescencia, o pérdida de la erección, es un proceso tan activo como el propio llenado y depende del sistema simpático, el que gobierna la respuesta de alerta. Tras la eyaculación, o cuando el estímulo desaparece o aparece una distracción o un estado de estrés, el sistema simpático libera noradrenalina, que contrae el músculo liso de las arterias y de las trabéculas. Al mismo tiempo, la PDE5 degrada el GMP cíclico acumulado y la vía de la Rho-quinasa recupera el control.

Las arterias helicinas se cierran, la entrada de sangre se reduce y los sinusoides se vacían. A medida que se aflojan, ya no comprimen las venas, que se abren de nuevo y drenan la sangre atrapada hacia la circulación general. En pocos minutos, el órgano recupera su tamaño de reposo. Es un proceso fisiológico perfectamente ordenado, y conviene tenerlo presente porque explica algo que a muchos hombres les preocupa: la ansiedad y el estrés pueden apagar una erección precisamente porque activan el sistema simpático, el mismo que cierra las llaves. No es una debilidad, es fisiología.

Existe una situación clínica en la que el apagado falla: el priapismo, una erección que se prolonga durante más de cuatro horas sin relación con la excitación sexual. En su variedad más frecuente, la isquémica, la sangre queda atrapada y deja de circular; el tejido se queda sin oxígeno, aparece dolor y, si no se trata rápido, se pueden producir daños irreversibles en el músculo liso y fibrosis. Es una verdadera urgencia médica, y no debe esperarse a que «se pase solo».

Las hormonas: el telón de fondo

Ninguna de estas maniobras hidráulicas ocurre en un vacío químico. La testosterona, la principal hormona sexual masculina, es sobre todo la responsable del deseo, es decir, de la motivación que pone en marcha toda la secuencia desde el cerebro. Pero también tiene un papel directo en el propio tejido cavernoso: contribuye a que las células expresen las enzimas que fabrican óxido nítrico y a que el músculo liso y el endotelio mantengan un buen estado estructural.

Conviene, sin embargo, huir de la explicación simplista de que «un problema de erección es un problema de testosterona». La mayoría de las disfunciones eréctiles en hombres con testosterona normal tienen un origen vascular, nervioso o psicológico, y solo en una parte de los casos existe un déficit hormonal que requiera tratamiento. Por eso, ante un problema eréctil, el estudio hormonal es una pieza más de la evaluación, no la única ni la primera explicación que deba darse por supuesta.

Otras hormonas y sustancias también modulan el sistema. La prolactina elevada puede reducir el deseo; las alteraciones tiroideas pueden interferir con el equilibrio general; y la dopamina, a nivel cerebral, favorece la activación sexual, mientras que la serotonina suele frenarla, lo que explica por qué algunos antidepresivos alteran la función sexual. El pene es, en definitiva, un órgano que responde a todo el organismo.

Cuando la hidráulica falla: la disfunción eréctil como señal

Con todo lo anterior, se entiende mejor qué significa la disfunción eréctil, que es la dificultad persistente para conseguir o mantener una erección suficiente para una relación satisfactoria. No es una enfermedad única, sino la consecuencia visible de un fallo en alguna de las piezas del sistema. Puede fallar la orden nerviosa, como ocurre en la diabetes de larga evolución, en la esclerosis múltiple o tras ciertas cirugías pélvicas. Puede fallar el endotelio, que deja de fabricar suficiente óxido nítrico. Pueden fallar las arterias, obstruidas por el ateroma. Puede fallar el tejido cavernoso, fibrosado, o la túnica albugínea, con su mecanismo de cierre. Y puede fallar la cabeza, cuando la ansiedad de rendimiento, la depresión o el estrés sostenido mantienen activado el freno simpático.

Entre todas las causas, la vascular es la más frecuente, y de ahí procede una de las ideas más importantes de la medicina sexual moderna: la disfunción eréctil puede ser un síntoma centinela de enfermedad cardiovascular. Como ya vimos, las arterias del pene son muy pequeñas, y por eso el daño en el endotelio y la aparición de placas de ateroma se manifiestan antes en ellas que en las arterias coronarias, que son más anchas. Según la llamada teoría del tamaño de la arteria, la dificultad para la erección puede preceder en varios años, habitualmente entre dos y cinco, a un infarto o a un ictus. No significa que todo hombre con problemas de erección vaya a sufrir un evento cardíaco, pero sí que, ante un problema nuevo de erección, sobre todo en un hombre de mediana edad, merece la pena revisar la presión arterial, el colesterol, la glucosa y el resto del riesgo cardiovascular.

Los factores que dañan el endotelio son los ya conocidos: el tabaco, que lesiona directamente la capa de revestimiento y reduce la disponibilidad de óxido nítrico; la diabetes, que altera la función endotelial y daña los nervios; la hipertensión, que somete las paredes vasculares a una presión constante; el colesterol elevado, que favorece el depósito de grasa en la pared arterial; la obesidad, que mantiene un estado inflamatorio de bajo grado; y el sedentarismo, que reduce la producción natural de óxido nítrico que se genera cuando la sangre fluye con fuerza. El alcohol en exceso y ciertas drogas recreativas completan la lista de enemigos.

Aquí conviene añadir un matiz de esperanza. El endotelio es un tejido notablemente plástico. Cuando un hombre deja de fumar, mejora su alimentación, pierde peso y retoma la actividad física, la función endotelial mejora de forma medible en cuestión de meses. Distintos estudios han mostrado que los cambios de estilo de vida mejoran la función eréctil, sobre todo en hombres con sobrepeso y sedentarios, y que potencian la respuesta a los fármacos cuando estos son necesarios. La hidráulica no es un destino: en buena parte, se puede cuidar.

Cuidar la maquinaria sin obsesionarse

Dado que el mecanismo eréctil depende de la salud de los vasos, los mejores hábitos para el pene son los mismos que benefician al corazón. La actividad aeróbica regular, como caminar a paso ligero, nadar o montar en bicicleta, estimula la producción de óxido nítrico y mejora la sensibilidad de las arterias. Una alimentación de tipo mediterráneo, rica en verduras, frutas, legumbres, frutos secos y aceite de oliva, se asocia con una mejor función endotelial y con menos problemas eréctiles. Dormir bien, de siete a ocho horas, ayuda a regular la testosterona y los niveles de estrés. Y abandonar el tabaco es probablemente la intervención individual con mayor efecto sobre el endotelio.

El suelo pélvico merece una mención propia. Recordemos que los músculos isquiocavernoso y bulbocavernoso participan en la fase de máxima rigidez. Algunos estudios sugieren que los ejercicios de fortalecimiento del suelo pélvico, practicados con técnica adecuada y guiados por un fisioterapeuta, pueden mejorar la función eréctil en ciertos hombres. No es una solución mágica y no sustituye a un diagnóstico, pero sí una herramienta razonable y sin riesgos cuando se hace bien.

En el otro extremo, conviene desconfiar de las promesas comerciales. Los suplementos «potenciadores» que se venden sin receta rara vez tienen pruebas sólidas, y algunos han aparecido en análisis contaminados con principios activos no declarados, lo que supone un riesgo real, sobre todo para quien toma medicamentos con nitratos o padece problemas cardíacos. Lo mismo se aplica a los dispositivos que prometen alargar o engrosar el órgano: la anatomía que hemos descrito no cambia por una crema ni por un aparato, y la túnica albugínea no admite atajos.

Cuándo pedir ayuda

Hay situaciones en las que consultar no admite demora. Una erección dolorosa que se prolonga más de cuatro horas es una urgencia. Un dolor súbito con chasquido y hematoma durante una relación sexual, también. Una curvatura nueva acompañada de dolor o de un nódulo palpable merece una valoración pronta. Y en cuanto a la disfunción eréctil, lo razonable es acudir al médico de familia o al urólogo cuando los problemas se repiten durante semanas, cuando aparecen de forma progresiva o cuando se acompañan de otros síntomas, como falta de deseo, cansancio persistente o dolor en el pecho al esfuerzo.

Muchos hombres tardan años en hablar del tema, en parte por vergüenza y en parte por la creencia errónea de que es un problema inevitable de la edad o una cuestión puramente psicológica. Ninguna de las dos ideas es cierta. Con una evaluación sencilla, que suele incluir la historia clínica, una exploración, una analítica y, si hace falta, alguna prueba vascular como el eco-Doppler peneano, casi siempre es posible identificar la pieza que falla y ofrecer un tratamiento, desde el cambio de hábitos y los fármacos hasta, en casos seleccionados, las inyecciones, los dispositivos de vacío o la cirugía protésica.

Un último detalle que casi nadie cuenta

Hay un dato que resume bien la elegancia de este sistema y que pocas veces se menciona: los varones sanos, desde la infancia hasta edades avanzadas, tienen erecciones durante el sueño. Suceden varias veces por noche, coinciden con las fases de sueño REM y pueden sumar, en un hombre joven, cerca de dos horas en total. No tienen relación con ningún contenido erótico de los sueños. Son, sencillamente, el mantenimiento programado de la maquinaria.

Una de las hipótesis más aceptadas es que estas erecciones nocturnas sirven para oxigenar el tejido cavernoso. En estado flácido, la sangre que baña las trabéculas es relativamente pobre en oxígeno; durante la erección, entra sangre arterial fresca y oxigenada que renueva el tejido y ayuda a mantener el músculo liso y el endotelio en buen estado. Es como si el organismo hiciera funcionar el sistema cada noche para que no se oxide, la manera en que un buen mecánico arranca de vez en cuando un motor parado.

Por eso, cuando una mañana uno se despierta con una erección, no está ante una casualidad ni ante una curiosidad de la biología. Está viendo el último tramo de un ejercicio nocturno que su cuerpo lleva realizando, sin que nadie se lo pida, desde que tiene memoria: el sonido silencioso de una bomba hidráulica que se prueba a sí misma mientras duerme, y que en su funcionamiento correcto nos dice, mejor que muchos análisis, que las arterias, los nervios y las células que revisten las paredes de nuestros vasos siguen trabajando en armonía.

Este artículo tiene carácter exclusivamente divulgativo y no sustituye la consulta con un profesional sanitario. Si tienes dudas sobre tu salud sexual o cardiovascular, consulta con tu médico o con un urólogo.

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