Varicocele y otras enfermedades «masculinas»

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Durante décadas, la salud reproductiva masculina ocupó un lugar secundario en la conversación médica. Cuando una pareja tenía dificultades para concebir, la mirada se dirigía casi automáticamente hacia la mujer. Los estudios sobre fertilidad se centraban en los ciclos ovulatorios, las trompas de Falopio, el útero. El hombre, en muchos casos, quedaba fuera del foco. Hoy sabemos que aproximadamente el 40-50% de los casos de infertilidad de pareja tienen un componente masculino significativo, y que muchas de esas causas son tratables si se diagnostican a tiempo. El varicocele, la criptorquidia, la hipospadias, la disfunción eréctil de origen vascular o el hipogonadismo no son simplemente condiciones urológicas abstractas: afectan la calidad de vida, la autoestima, la salud hormonal y, en muchos casos, la posibilidad de ser padre. Entender qué son estas enfermedades, cómo se diagnostican y qué opciones de tratamiento existen es el primer paso para dejar de ignorarlas.

Varicocele: cuando las venas del testículo fallan

El varicocele es, con diferencia, la causa tratable más frecuente de infertilidad masculina. Se trata de una dilatación anormal de las venas del plexo pampiniforme, la red venosa que rodea el cordón espermático dentro del escroto. Cuando estas venas pierden su capacidad de drenar adecuadamente la sangre del testículo, se produce una acumulación que eleva la temperatura local, altera el flujo sanguíneo y, con el tiempo, compromete la producción de espermatozoides. Afecta aproximadamente al 15% de la población masculina general y se encuentra en el 35-40% de los hombres con infertilidad primaria, cifra que asciende hasta el 80% en aquellos con infertilidad secundaria —es decir, parejas que ya tuvieron un hijo pero no logran un segundo embarazo.

La mayoría de los varicoceles se desarrollan en el lado izquierdo del escroto, un hecho que tiene una explicación anatómica precisa. La vena espermática izquierda desemboca en ángulo recto en la vena renal izquierda, lo que genera una resistencia al flujo significativamente mayor que en el lado derecho, donde el drenaje se produce directamente hacia la vena cava inferior con un ángulo mucho más favorable. Esta asimetría hace que el varicocele izquierdo sea mucho más común, aunque los varicoceles bilaterales existen y no son infrecuentes en la clínica andrológica.

Cómo se clasifica y se diagnostica

La clasificación más utilizada divide el varicocele en tres grados. El grado I es palpable únicamente durante la maniobra de Valsalva, es decir, cuando el paciente hace fuerza como si fuera a defecar, aumentando la presión intraabdominal. El grado II se palpa sin necesidad de esta maniobra, con el paciente de pie. El grado III es visible a simple vista, con las venas dilatadas apreciables bajo la piel escrotal como una «bolsa de gusanos», descripción algo cruenta pero que los libros de urología emplean sin pudor. Existe además un grado subclínico que solo se detecta mediante ecografía Doppler y que genera debate entre los especialistas sobre su relevancia clínica real.

El diagnóstico definitivo se establece mediante ecografía escrotal con Doppler color, una prueba no invasiva, sin radiación y muy accesible que permite medir el diámetro de las venas —valores superiores a 3 mm se consideran patológicos— y detectar el reflujo venoso característico. Complementariamente, el seminograma o espermiograma es fundamental para evaluar el impacto real sobre la fertilidad: se analizan el número, la movilidad y la morfología de los espermatozoides, parámetros que con frecuencia se encuentran alterados en presencia de un varicocele significativo. Los niveles hormonales —FSH, LH, testosterona— también forman parte del estudio inicial, ya que el varicocele puede comprometer la función endocrina testicular a largo plazo.

¿Cuándo operar y cuándo no hacerlo?

Esta es, sin duda, la pregunta que genera más controversia en la literatura médica. Las guías internacionales de las principales sociedades urológicas —la Asociación Europea de Urología y la Sociedad Americana de Urología Reproductiva, entre otras— recomiendan el tratamiento quirúrgico cuando concurren tres condiciones: varicocele clínicamente palpable, al menos un parámetro espermático alterado en el seminograma y una pareja con fertilidad potencialmente conservada. Cuando estos tres elementos están presentes, la intervención tiene respaldo científico sólido. Fuera de ese escenario, la indicación se vuelve mucho más discutible.

La técnica quirúrgica más extendida actualmente es la varicocelectomía microquirúrgica subinguinal, que consiste en ligar las venas dilatadas bajo magnificación óptica a través de una pequeña incisión en la ingle o justo por debajo de ella. La magnificación permite identificar y preservar las estructuras nobles del cordón —la arteria testicular, los vasos linfáticos y el conducto deferente— reduciendo significativamente el riesgo de complicaciones como la hidrocele o la atrofia testicular. Existen también alternativas menos invasivas como la embolización percutánea, un procedimiento radiológico en el que se introduce un catéter por una vena del muslo o el cuello para ocluir selectivamente la vena espermática. Cada opción tiene sus ventajas y sus limitaciones, y la elección debe hacerse de forma individualizada.

Existe, sin embargo, un grupo importante de pacientes para quienes la cirugía no está indicada: hombres jóvenes sin deseo reproductivo inmediato con varicocele asintomático, casos con varicocele subclínico detectado únicamente por ecografía sin alteraciones espermáticas, o parejas que han optado directamente por técnicas de reproducción asistida. En este último caso, la discusión clínica sobre si tratar primero el varicocele o ir directamente a la fecundación in vitro es compleja y debe individualizarse teniendo en cuenta la edad de la mujer, el tiempo que llevan intentando concebir y la reserva ovárica.

Criptorquidia: el testículo que no descendió

La criptorquidia —del griego kryptos, oculto, y orchis, testículo— es la ausencia de uno o ambos testículos en el escroto en el momento del nacimiento. Es la anomalía congénita más frecuente del aparato genital masculino, presentándose en aproximadamente el 3-5% de los niños nacidos a término y en hasta el 30% de los prematuros. En condiciones normales, los testículos descienden desde la cavidad abdominal hasta el escroto durante el tercer trimestre de gestación, proceso guiado por gradientes hormonales y mecánicos. Cuando ese descenso no se completa, el testículo queda retenido en algún punto del trayecto —habitualmente en el canal inguinal o en la cavidad abdominal.

La importancia de diagnosticar y tratar la criptorquidia de forma precoz es más que estética. El testículo retenido se encuentra expuesto a temperaturas superiores a las del escroto, lo que interfiere con la maduración normal de las células germinales y genera un daño progresivo e irreversible si no se corrige antes de los dos años de vida. Además, la criptorquidia no tratada se asocia a un riesgo significativamente elevado de tumor testicular —hasta cuatro veces mayor que en la población general— y a una reducción de la fertilidad proporcional a la bilateralidad y al tiempo de retención. El tratamiento estándar es la orquidopexia, una cirugía que desciende y fija el testículo en el escroto, idealmente entre los 6 y los 18 meses de vida según las guías actuales, aunque en muchos países aún se practica tardíamente.

Hipospadias: una malformación más común de lo que se cree

La hipospadias es una malformación congénita del pene en la que el orificio uretral no se encuentra en su posición anatómica normal —la punta del glande— sino en alguna posición más proximal: en el cuerpo del pene, en el escroto o incluso en el perineo. Afecta aproximadamente a 1 de cada 200-300 niños varones, lo que la convierte en una de las malformaciones congénitas más frecuentes en el ser humano. A diferencia de lo que muchos padres temen cuando reciben el diagnóstico, la gran mayoría de los casos son leves o moderados —con el meato desplazado apenas unos milímetros hacia la base del glande— y tienen excelentes resultados quirúrgicos cuando se intervienen en el momento apropiado.

Las consecuencias de la hipospadias no corregida van más allá del flujo urinario anormal o la curvatura del pene que puede acompañarla. En los casos de posición muy proximal del meato, el semen puede no ser depositado correctamente en la vagina durante la eyaculación, lo que compromete directamente la fertilidad natural. La corrección quirúrgica —la uretroplastia— se realiza habitualmente antes de los dos años de vida y tiene como objetivo reconstruir la uretra para que alcance la punta del glande, con resultados funcionales y estéticos generalmente buenos en manos experimentadas. Los casos complejos, sin embargo, pueden requerir varias intervenciones y dejan cicatrices que conviene monitorizar.

Hipogonadismo masculino: cuando la testosterona no basta

El hipogonadismo es una condición en la que los testículos no producen niveles adecuados de testosterona, de espermatozoides o de ambos. Puede ser primario —cuando el problema está en el propio testículo— o secundario, cuando el fallo está en el eje hipotálamo-hipofisario que regula la función testicular. La distinción es crucial porque determina el tipo de tratamiento. En el hipogonadismo primario, los niveles de testosterona son bajos pero los de FSH y LH están elevados, indicando que la hipófisis está intentando estimular un testículo que no responde. En el secundario, los niveles de gonadotropinas son inapropiadamente normales o bajos, lo que sugiere un problema regulatorio supratesticular.

Los síntomas del hipogonadismo son variados y no siempre inmediatamente reconocibles como de origen hormonal. La disminución de la libido, la disfunción eréctil, la pérdida de masa muscular, el aumento de la grasa corporal, la fatiga crónica, los cambios de humor y la depresión pueden ser manifestaciones de un déficit androgénico que muchos hombres atribuyen al envejecimiento normal o al estrés laboral sin consultar a un médico. Es lo que algunos autores denominan hipogonadismo tardío o deficiencia androgénica relacionada con la edad, un concepto que sigue generando debate en la comunidad médica pero que tiene respaldo clínico en casos correctamente seleccionados. El tratamiento con testosterona exógena está bien establecido para mejorar los síntomas, pero tiene una contraindicación importante que muchos desconocen: suprime la producción endógena de espermatozoides, por lo que no es adecuado para hombres que deseen preservar o recuperar la fertilidad.

Disfunción eréctil: más allá del Viagra

La disfunción eréctil —definida como la incapacidad persistente de lograr o mantener una erección suficiente para una relación sexual satisfactoria— afecta a millones de hombres en todo el mundo, con una prevalencia que aumenta progresivamente con la edad. Aunque popularmente se asocia a causas psicológicas, la realidad clínica muestra que en los hombres mayores de 40 años predominan las causas orgánicas, fundamentalmente vasculares. La erección es un fenómeno hemodinámico: requiere una vasodilatación sostenida de las arterias peneanas que permite la llegada de sangre a los cuerpos cavernosos. Cuando la aterosclerosis, la hipertensión, la diabetes o el tabaquismo dañan el endotelio vascular, la capacidad de esa respuesta vasodilatadora disminuye.

La relevancia clínica de la disfunción eréctil va mucho más allá de la esfera sexual. Estudios longitudinales han mostrado que la disfunción eréctil de causa vascular puede preceder en varios años a un evento cardiovascular mayor —infarto de miocardio o accidente cerebrovascular— porque las arterias peneanas, por su pequeño calibre, son especialmente sensibles al daño aterosclerótico inicial. Dicho de otro modo, la disfunción eréctil puede ser la primera manifestación clínica de una enfermedad cardiovascular silenciosa. Esta perspectiva transforma la consulta andrológica en una oportunidad de detección precoz que no debería desaprovecharse. Los inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5 —sildenafilo, tadalafilo y similares— son tratamientos eficaces y seguros en la mayoría de los casos, pero no resuelven la causa subyacente cuando ésta es vascular o metabólica. El abordaje integral —control de factores de riesgo cardiovascular, ejercicio, cese del tabaquismo, control glucémico— es tan importante como la medicación.

Azoospermia: no hay espermatozoides, ¿y ahora qué?

La azoospermia —ausencia total de espermatozoides en el eyaculado— es el diagnóstico que más impacto emocional genera en la consulta andrológica. Afecta aproximadamente al 1% de todos los hombres y representa alrededor del 10-15% de los casos de infertilidad masculina. Pero el mensaje más importante para los pacientes que la reciben es que azoospermia no equivale necesariamente a esterilidad absoluta. La distinción entre azoospermia obstructiva y no obstructiva es fundamental, porque determina tanto el pronóstico como el tratamiento.

En la azoospermia obstructiva, los testículos producen espermatozoides con normalidad, pero alguna obstrucción en el sistema de conductos —vasectomía, infección previa, malformación congénita de los conductos deferentes— impide su llegada al eyaculado. En estos casos, la recuperación de espermatozoides mediante técnicas quirúrgicas como el PESA o el TESA —aspiración del epidídimo o del testículo— tiene tasas de éxito muy elevadas y los espermatozoides obtenidos pueden utilizarse en un ciclo de fecundación in vitro con inyección intracitoplasmática. En la azoospermia no obstructiva, el problema es la producción testicular insuficiente, y el panorama es más complejo: en algunos casos existen pequeños focos de espermatogénesis residual que pueden identificarse mediante una biopsia testicular extensa con mapeo quirúrgico, el llamado micro-TESE, que permite recuperar espermatozoides incluso en testículos que macroscópicamente parecen inactivos.

El papel del estilo de vida: lo que la cirugía no puede hacer

Ninguna intervención quirúrgica ni ningún fármaco puede compensar el impacto sostenido de un estilo de vida perjudicial sobre la salud reproductiva masculina. La evidencia científica acumulada en las últimas décadas es inequívoca: el tabaquismo reduce la concentración espermática y daña el ADN de los espermatozoides; el consumo excesivo de alcohol suprime la producción de testosterona e interfiere con la espermatogénesis; la obesidad altera el perfil hormonal al aumentar la conversión periférica de testosterona en estradiol en el tejido adiposo; el calor escrotal generado por baños calientes frecuentes, saunas o simplemente pasar muchas horas sentado puede reducir la calidad espermática de forma transitoria pero recurrente.

El uso de esteroides anabólicos androgénicos —ya sea en el contexto del deporte de competición o del culturismo recreativo— constituye una de las causas más devastadoras de infertilidad masculina adquirida y, al mismo tiempo, una de las menos conocidas. Los anabólicos exógenos suprimen completamente el eje hipotálamo-hipofisario-gonadal, llevando a una azoospermia reversible en la mayoría de los casos, pero con períodos de recuperación que pueden extenderse entre 6 meses y 2 años tras el abandono, y que en algunos hombres —especialmente tras usos prolongados— nunca completan una recuperación total. El estrés crónico, el sueño insuficiente y la exposición a ciertos disruptores endocrinos ambientales —pesticidas, ftalatos, bisfenol A— también tienen un impacto negativo documentado, aunque la magnitud de su efecto individual es más difícil de aislar en la práctica clínica.

Cuándo consultar y a quién

Uno de los mayores obstáculos para el diagnóstico precoz de las enfermedades masculinas sigue siendo la resistencia cultural a consultar. Los hombres tienden a minimizar sus síntomas, a postergar las visitas médicas y a interpretar los problemas sexuales o reproductivos como fallos personales antes que como patologías tratables. Esta actitud tiene consecuencias concretas: diagnósticos tardíos, tratamientos iniciados en estadios avanzados y oportunidades perdidas de recuperar una función que todavía era recuperable. La cultura del silencio alrededor de la salud sexual masculina no es solo un problema individual sino un problema de salud pública.

El especialista de referencia para la mayoría de estas condiciones es el urólogo con formación en andrología o el andrólogo, una subespecialidad que en algunos países tiene acreditación propia y en otros funciona como un área de interés dentro de la urología general. Para las cuestiones específicamente relacionadas con la fertilidad, el equipo multidisciplinar que incluye al andrólogo y al especialista en reproducción asistida ofrece el abordaje más completo. La consulta debería producirse sin esperar: ante cualquier dolor o molestia escrotal persistente, ante la detección de alguna irregularidad en la palpación testicular, ante una erección que empieza a fallar con regularidad, ante la constatación de un deseo reproductivo que no se concreta tras 12 meses de relaciones sin protección. O simplemente ante la curiosidad —perfectamente legítima— de saber cómo está funcionando el propio cuerpo.

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